Colombia y la diplomacia comercial
Integrarnos a los mercados globales es un imperativo diplomático para el país.
En la entrega
anterior de la serie “La política exterior que necesita Colombia”
analizamos la importancia del sistema multilateral de salud para nuestro país y
de nuestra participación activa en éste. En esta entrega volcaremos nuestra
atención a la importancia para Colombia de la diplomacia comercial en todas sus
formas.
El nivel de prosperidad de los países depende en alto grado
de una inserción exitosa en los mercados globales. Y las transformaciones
geopolíticas de los últimos años no han alterado esta relación. Para países en
vía de desarrollo como Colombia, redoblar nuestra conexión a los flujos de la
economía mundial no es sólo un asunto de modernización de la nación sino, sobre
todo, la posibilidad de crear empleos formales de calidad, de reducir pobreza y
de generar alternativas contra la ilegalidad.
Hay que decir que la internacionalización de Colombia
también sucede de manera espontánea a través de la iniciativa individual de
ciudadanos y de empresas tanto locales como extranjeras. Pero en este campo las
acciones coordinadas del gobierno para conectar el país con el mundo hacen
verdaderamente la diferencia. Los instrumentos legales y diplomáticos del
gobierno, junto con sus recursos, pueden generar las condiciones propicias, los
lazos de confianza y las espirales positivas que promuevan la inversión y
aceleren el desarrollo del país.
Y si la diplomacia comercial debe ser una de las tareas
permanentes de la política exterior de Colombia, ¿cuáles son los frentes de
acción?
En primer lugar, la diplomacia comercial se construye desde
nuestro relacionamiento a nivel gubernamental con nuestros socios comerciales
actuales y futuros en todos los niveles: el multilateral, el regional y el bilateral.
Debemos valorar los esfuerzos que se han realizado de apertura comercial de las
últimas cuatro décadas y sus impactos positivos en la transformación del país. Igualmente
importante es que Colombia siga honrando los compromisos que ha adquirido en
todos los acuerdos comerciales que ha firmado para que sigamos siendo
predecibles y confiables de cara a nuestros socios.
No cabe duda de que las reglas comerciales que el sistema
internacional ha construido desde la posguerra están siendo sometidas a nuevas
presiones y que nuevas olas de reformas y ajustes deberán venir en
consecuencia, pero también es cierto que la inmensa mayoría de actores
internacionales están actuando con moderación y buscando defender las
arquitecturas existentes, tanto en la Organización Mundial de Comercio (OMC),
como en los bloques comerciales regionales y en los tratados bilaterales de
libre comercio. Para el caso de Colombia, además de los compromisos de la OMC
debemos hacer referencia a los bloques comerciales regionales de los que
hacemos parte, en particular la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y la Alianza
del Pacífico (AP), así como nuestra red de acuerdos bilaterales, que incluye a la
Unión Europea, Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Corea del Sur, entre otros.
Los representantes de Colombia en todas estas instancias
deben tanto respaldar los acervos existentes como explorar las posibilidades de
profundizarlos y de negociar otros nuevos, cuando sean del interés comercial para
el país. Todavía son significativas las barreras arancelarias y no arancelarias
que se interponen en un desarrollo más armónico y acelerado nuestro y de
nuestros socios, y allí hay un importante trabajo técnico conjunto de
exploración de oportunidades por hacerse.
En segundo lugar, la diplomacia comercial involucra
apertura, vocación de diálogo y promoción hacia el sector empresarial, tanto
nacional como extranjero; escuchar a las empresas de adentro, para entender sus
necesidades, aprovechar sus oportunidades y hacer ajustes a las políticas
públicas en consecuencia; y tocar las puertas de las de afuera, para promover a
Colombia como destino, acelerando la inversión y el crecimiento en el país,
dentro de marcos propicios de regulación y sostenibilidad. Esta es una labor
que demanda el trabajo mancomunado de una multiplicidad de actores: embajadores
y personal diplomático, funcionarios del Ministerio de Comercio, Industria y
Turismo, y el personal de ProColombia, la agencia encargada de promover el
turismo, la inversión y las exportaciones en el país, desde su dirección hasta
toda su base de analistas trabajando en el país y en sus oficinas en el
extranjero.
En ese orden, un eslabón que ha venido ganando importancia
en la promoción del país es el de los actores gubernamentales locales. La
promoción de sus jurisdicciones como destino turístico, de cooperación y de inversión
es una labor vital para la internacionalización de Colombia. Los departamentos
y municipios han estado haciendo recientemente un trabajo cada vez más
consciente y sofisticado en ese campo. Gobernadores, alcaldes y secretarios de
desarrollo económico deben ser entendidos como agentes de la promoción
comercial del país. De la misma manera, las agencias locales de
internacionalización como Invest in Bogotá, ACI Medellín o ProBarranquilla se
han posicionado en las últimas décadas como actores neurálgicos en esta labor y
el país está ganando una gran experiencia de buenas prácticas.
Por otro lado, un eslabón fundamental de este ejercicio de
promoción del país le corresponde, naturalmente, al alto gobierno, comenzando
por la presidencia y la vicepresidencia, y siguiendo por el gabinete, en
particular por los ministros más cercanos a asuntos externos como Cancillería y
Comercio.
Un primer mito muy popular que debemos vencer es que cualquier
viaje diplomático del alto gobierno es fácilmente calificado como derroche. Claro
que los derroches pueden existir en este tipo de actividades si no se tiene una
estrategia de largo plazo clara y si los viajes no se ejecutan con austeridad y
proporcionalidad; y mucho más si estos viajes se realizan en una situación
determinada en la que el alto gobierno no tenga una narrativa sólida y
coherente de impulso del país como destino de inversión, que ha llegado a
suceder. Sin embargo, bajo condiciones normales, las puertas que puede abrir el
alto gobierno con una visita de alto nivel bien organizada no se logran
fácilmente con ninguna otra alternativa. En cualquier gobierno son típicos los
cuestionamientos a los viajes de los presidentes por sus costos y porque
significarían una desatención a los problemas más apremiantes de la nación.
Lo opuesto suele ser lo cierto. Presidencia y vicepresidencia
deben representarnos activamente afuera como parte vital y no fácilmente
delegable de su labor, por ser las instancias internas que más fácilmente
pueden abrir puertas afuera y que mejor pueden posicionar al país. Si el
presidente va, por ejemplo, al Foro de Davos recibe mala prensa desde los
espacios críticos; por el contrario; es allá donde debe estar, para hacer una
tarea que queda mejor hecha cuando la hace directamente la jefatura de gobierno
y del Estado. Esto lo entienden en Francia y en Canadá y en Brasil y en China y
también debería ser comprendido de forma más natural por el público en Colombia.
El alto gobierno debe viajar de forma constante para entablar contactos, forjar
alianzas y promover el país; y virtualmente toda visita diplomática del alto
gobierno debería contar con un componente comercial.
Por último, un segundo mito que debemos vencer es que las
embajadas de Colombia en el exterior y el personal diplomático desplegado en
ellas son un despilfarro. Por el contrario, nuestras misiones diplomáticas en
el exterior son un poderosísimo instrumento de promoción comercial. La tarea de
los diplomáticos cobija la representación directa del país y sus intereses
económicos y comerciales, permite un relacionamiento directo y profundo con
actores clave públicos y privados de los demás países y facilita una
inteligencia de mercados que no se puede hacer de forma tan profunda sin la
presencia física en el lugar.
Los despilfarros existen cuando falta visión estratégica o mecanismos
adecuados de coordinación y cuando se nombra personal diplomático que carece de
las competencias adecuadas para hacer bien su labor. Esas son las malas
prácticas que deben combatirse, al tiempo que el país sigue ampliando su red de
embajadas en destinos estratégicos siguiendo el ejemplo de otras potencias
medianas como Brasil, Corea del Sur o Turquía, para mencionar algunos casos.
El desarrollo del país requiere de inversión en eslabones
críticos; el de la diplomacia comercial es uno de ellos. Los frutos no se
cosechan en el corto sino en el mediano y largo plazo. La asignación de tiempo
y recursos a estas tareas debe hacerse con criterio técnico, estrategia, y
convicción.
En la próxima entrega vamos a analizar la situación del país
en materia de la lucha contra las drogas.
(Imagen: ProColombia en el ITB Berlín 2026)
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