La relación Colombia-Estados Unidos
¿Cómo lograr que la relación con la gran potencia siga dando frutos?
En la entrega
anterior, vimos por qué la política exterior es clave para la prosperidad del
país y cómo el nuevo escenario global exige que esta sea más atenta y
responsable. En esta entrega exploraremos la relación con Estados Unidos.
Aunque los colombianos sabemos que la relación bilateral con
Estados Unidos es importante, no siempre dimensionamos qué tanto. De los más de
50 mil millones de dólares que Colombia exportó en mercancías en 2025, el 30%
se dirigieron a este país. En contraste, Colombia representa menos de un 1% de
las exportaciones estadounidenses totales. 30% son magnitudes a las que no se
acerca ningún otro mercado de Colombia. Los demás socios comerciales que le
siguen en importancia suelen estar por debajo del 10%. En los últimos 20 años
China sí llegó un par de años al 10 y al 11 y Venezuela al 17% durante la
bonanza petrolera del 2007, pero hasta ahora son excepciones efímeras. De
hecho, a pesar de los nuevos aranceles vigentes para el país desde el año
pasado, las exportaciones hacia Estados Unidos lograron aumentar un 3.7%.
Nuestro comercio de servicios ―BPO, turismo, servicios
profesionales― también está inclinado predominantemente a hacia ese
país. Además, de nuestro comercio con países desarrollados, Estados Unidos es
el principal destino en cuanto a productos con mayor valor agregado, como
manufacturas. Esto a razón de la cercanía geográfica y gracias a la continuidad
de las preferencias arancelarias, con ya 14 años de vigencia del TLC entre los
dos países. Para el café, banano, flores, confecciones, por mencionar algunos,
este mercado es vital. Los empleos que dependen de una buena relación con
Estados Unidos se cuentan en cientos de miles. Estados Unidos, además, es uno
de los principales destinos migratorios para los colombianos. Las remesas que
recibimos desde allí son la mitad de las remesas totales de Colombia y hoy son
tan importantes para obtención de divisas como las exportaciones de café.
Sin embargo, hoy Colombia no tiene los niveles de
dependencia comercial a Estados Unidos que tuvimos a mediados de siglo XX,
cuando entre el 50 y el 60% de nuestras exportaciones se dirigían allí. El país
ya ha avanzado en una importante tarea de diversificación y es fundamental que
esta siga adelante. Pero teniendo en cuenta dos matices. Primero, que en el
mejor de los escenarios nos faltarían dos décadas para reducir significativamente
los niveles actuales de dependencia. Segundo, que la verdad es que todavía nos
falta explotar mucho más nuestra cercanía a ese mercado y las preferencias
comerciales que tenemos y que podríamos ampliar.
En el campo de la cooperación el escenario no es muy
distinto. De cuenta del Plan Colombia iniciado por el gobierno de Andrés
Pastrana, nuestro país se convirtió en el principal receptor de recursos
estadounidenses descontando la región de Oriente Medio y Ucrania. Y estos, que
fueron predominantemente militares en sus inicios, se fueron diversificando
hacia componentes sociales y de fortalecimiento institucional. Si para la
creación de la OEA en 1948 Colombia ya era percibido como uno de los aliados
más cercanos en América Latina, en el siglo XXI esa relación se había hecho
todavía más fuerte.
La relación bilateral, por supuesto, ha estado cargada de
complejidades y tropiezos. El apoyo estadounidense a la independencia de Panamá
fue el momento más difícil de la relación, aunque en poco tiempo completamente
superado. Más recientemente, el gobierno de Belisario Betancur en los 80 optó
por un enfoque más autónomo, convirtiendo a Colombia en miembro permanente del
Movimiento de los Países No Alineados, entre otros hitos, pero la cooperación
bilateral se mantuvo. En la década de los 90, la llegada de dineros del
narcotráfico a la campaña del presidente Ernesto Samper y la subsiguiente
desertificación de Colombia fue uno de los peores momentos, donde la relación
bilateral se mantuvo relativamente a flote gracias a esfuerzos importantes de
empresarios exportadores y de la sociedad civil. En cambio, la triada de los
gobiernos Pastrana, Uribe y Santos marcaron el contraste y fortalecieron la
relación.
La historia cambia con los dos últimos gobiernos de
Colombia. El gobierno Duque siguió con relaciones estrechas, pero la sospecha
de apoyo del servicio diplomático colombiano a la campaña de reelección de
Trump en 2020 dio para un comienzo frío de la era Biden. Y aunque durante la
dupla Biden-Petro las relaciones se mantuvieron en un plano de relativa
cortesía, el deterioro fue más notable. Todavía estaba Biden en el poder cuando
se anunció un recorte a la mitad del presupuesto en cooperación para Colombia
para 2025, inconformes por la falta de compromiso en la lucha contra las
drogas. Para más, la ley CHIPS de julio de 2024 de Estados Unidos escogió a
México, Costa Rica y Panamá como socios estratégicos para apoyos económicos
para la consolidación de la cadena de suministro de semiconductores, quedando
excluida Colombia, un escenario inconcebible en casi cualquier periodo
presidencial del último siglo.
Y desde el regreso de Trump a la Casa Blanca la relación se
afectó todavía más, con las recurrentes declaraciones desafiantes de Petro
contra el presidente de los Estados Unidos en todos los formatos, plaza
pública, entrevistas, trinos en redes sociales, elevando la tensión y poniendo
las relaciones comerciales en peligro. No podrá olvidarse a Petro con megáfono
en Nueva York llamando al ejército estadounidense a desobedecer a su
presidente. Consecuencias: pérdida de visa para Petro, ingreso suyo y de otros
funcionarios colombianos a la lista Clinton, relaciones comerciales en riesgo. La
relativa calma de las últimas semanas y la visita de Petro a la Casa Blanca no
debe confundirnos sobre la actual fragilidad de la relación y el severo
contraste frente a lo que ha sido tradicionalmente una cooperación fluida y
cordial.
Hay dos elementos fundamentales que hay que poner por
delante cuando consideramos la relación bilateral de Colombia con Estados
Unidos. El primero es que los intereses de los dos países no siempre van a
converger. Y esto es apenas natural. Cuando surgen divergencias estas se deben
administrar con profesionalismo, con enfoque técnico, con espíritu de
negociación, prefiriendo el diálogo por el canal diplomático que la denuncia
pública y ponderando el conjunto de la relación. El diálogo franco y firme no
tiene que renunciar a la cordialidad. Cuando haya diferencias, que haya
cordialidad en las diferencias.
El segundo elemento fundamental es la asimetría. La relación
con Estados Unidos es estructuralmente asimétrica, y nuestros esfuerzos de
diversificación y de integración regional pueden generar cambios significativos
en esa relación de fuerzas sólo en el muy largo plazo. Esta asimetría debe
administrarse con consciencia y con respeto, sin perder el norte de los
intereses nacionales, y sin temer a la profundización de los lazos comerciales
y de cooperación cuando estos benefician al país y pensando construir para el
largo plazo. La asimetría suele implicar tener menos margen de maniobra, y esto
es muy distinto de no tener ningún margen. Ese margen hay que aprovecharlo,
buscando los resultados que nos sean más favorables. Asimismo, la asimetría no
es excusa para renunciar a la cordialidad, que es pilar del ejercicio
diplomático. Esto es clave: las relaciones asimétricas no se manejan con
orgullo sino con realismo y con respeto.
Cuando analizamos la relación de Estados Unidos con Japón o
Corea del Sur, con Canadá o Suecia, Polonia o Portugal, podemos notar que también
hay divergencias y asimetrías, a veces de mayor grado, a veces menor. Todos
estos son puntos de referencia que nos muestran que la relación puede ser
manejada con cordialidad y con espíritu constructivo a pesar de la asimetría y
de las divergencias. Más cerca de nosotros, es notable que gobiernos latinoamericanos
de izquierda como el de Lula en Brasil, el de Boric en Chile o el de Sheinbaum
en México han sido capaces de administrar diferencias con el segundo gobierno
de Trump con más éxito y con menos fricciones que el gobierno de Colombia. Estas
son buenas prácticas que Colombia puede emular, incluso cuando la orientación
política en los dos gobiernos no coincida. La relación con Estados Unidos debe
entenderse no como política de gobierno sino como política de Estado, más allá
de las coincidencias ideológicas de gobiernos puntuales.
Los grados de libertad del alto gobierno y del servicio
diplomático en su comunicación pública son necesariamente menores que los del analista
o los del ciudadano porque sobre ellos recae la responsabilidad del bienestar
de todo el país. La diplomacia exige de disciplina comunicativa, de no caer en
impulsividades, de resistir a la tentación del activismo, con actitud
cooperativa y sumo respeto por la soberanía de los demás países, sus ciclos
internos y sus procesos políticos. Así se protegen los intereses y se construye
para el largo plazo.
Propongo que llamemos madurez en política exterior a la
capacidad de aceptar con naturalidad y profesionalismo la propia realidad
geopolítica y construir sobre ella. No aceptarla es autosabotaje. La receta para
unas buenas relaciones bilaterales es, en el fondo, muy sencilla: aprovechar
las convergencias para trabajar juntos, respetar las divergencias, evitando que
se vuelvan causal de fricción y de fracturas, y mantener un lenguaje
constructivo, una actitud cooperativa y una vocación de largo plazo.
Hagamos énfasis en lo que debería ser obvio: si un propósito
de la diplomacia colombiana debería ser mantener relaciones cordiales con todos
los actores del sistema internacional, faltaba más que decidiéramos excluir de
la regla a la relación con nuestro socio principal.
En la próxima entrega vamos a volcar nuestra atención en América
Latina, para analizar las metas que se puede proponer Colombia en nuestra propia
región.
(Imagen: Embajada de Colombia en Washington)
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