La política exterior que necesita Colombia


Iniciamos una serie de 16 entregas sobre la Colombia posible en el nuevo gobierno.

Habiendo concluido las elecciones parlamentarias y las consultas interpartidistas el pasado 8 de marzo, Colombia comienza en serio la campaña por la presidencia de la República. Este es un momento muy importante en el que los ciudadanos reconocen en sus manos el destino del país y en el que los candidatos hacen sus propuestas sobre cómo planean gobernar y hacia dónde quieren llevar a la nación.

Momentos como estos de atención, de debate y de escrutinio son los más propicios para que hagamos reflexiones serias, desde todas las instancias de la sociedad, sobre la Colombia que queremos y las prioridades que debería tener el nuevo gobierno en cada una de sus responsabilidades, independientemente de cuál vaya a ser el candidato ganador o el partido al que represente. Asimismo, este es el momento oportuno para que las voces de la academia participemos de ese diálogo de ideas y le aportemos a los ciudadanos elementos de juicio que les permitan tomar decisiones informadas en la contienda electoral.

Ese es el espíritu de esta serie de columnas “La política exterior que necesita Colombia”, que a partir de hoy comenzaré a difundir en mis redes y a través de mi blog de Análisis Internacional. Contará con una periodicidad semanal para un total de 16 entregas y finalizará a fin de junio cuando conozcamos los resultados de la segunda vuelta presidencial. La meta es aportar, con un lenguaje sencillo, de fácil comprensión, pero con sustancia, ideas independientes sobre la gestión de las relaciones internacionales del país. Basándome en mi trabajo académico de los últimos 20 años, le propongo a los lectores que analicemos los temas más centrales de la política exterior colombiana contemporánea y que exploremos, en cada uno de ellos, oportunidades de construcción de consensos nacionales, de acuerdos mínimos, sobre la ruta a seguir que sean capaces de trascender partidos e ideologías políticas.

Por supuesto que el encuentro de esos lugares comunes no es fácil en medio de la polarización política que conocemos, y que debemos dejar margen para el debate y el disenso. Desde aquí haremos, simplemente, una invitación a visitar temas vitales, al análisis mesurado, a la observación de la evidencia, y a que pensemos en una política exterior que esté al servicio de la ciudadanía y del fortalecimiento de nuestra sociedad. Si esta serie ayuda a que los lectores, así no estén siempre de acuerdo con todo, se sientan mejor informados en materia internacional, de cara a las elecciones y al seguimiento que harán de la gestión del nuevo gobierno, los propósitos se habrán cumplido.

 

La política exterior en Colombia: el por qué, el cuándo y el cómo

Partamos sobre la base de que si Colombia no se relaciona asertivamente con el mundo no es un país viable.

A pesar de las nuevas tensiones geopolíticas, el planeta está integrándose cada día más, no menos, y Colombia con él. El país requiere mantener ―‍y profundizar― una política de desarrollo económico basada en el aprovechamiento de los mercados internacionales. Este es el camino de modernización y competitividad que requiere nuestra base productiva y la fuente de recursos necesarios para infraestructura e inversión social. De hecho, de Chile a Noruega, de China a Canadá, la integración efectiva a los mercados globales es un objetivo fundamental al que aspiran los países de mayor éxito en sus procesos de desarrollo. En ese orden, Colombia necesita tanto del cultivo de su relación con sus socios estratégicos como de promover la estabilidad del sistema internacional, pues ambas metas están alineadas con su interés nacional.

De la amplia serie de dificultades por las que hoy atraviesa Colombia, las dos más cruciales pueden ser las siguientes. De un lado, a pesar de los avances que se habían logrado en materia de seguridad en las dos décadas anteriores, el país ha vuelto a retroceder en los últimos años. Los grupos al margen de la ley se han fortalecido; la producción de coca y otras formas de rentas ilícitas se han multiplicado; la extorción ha aumentado en zonas rurales y en las urbes; formas de criminalidad que asociábamos con la difícil década de los 90 han vuelto a ganar terreno, y hasta hemos vuelto a vivir la tragedia del magnicidio en una campaña presidencial. Se pone en juego que el país sea un destino atractivo para la inversión extranjera y nacional por igual y que sea un espacio seguro dónde vivir y prosperar para sus propios habitantes. El reto de seguridad debe combatirse y es prioridad nacional.

Del otro lado, y también a pesar de los avances paulatinos de los últimos años, Colombia sigue siendo uno de los países más desiguales del mundo, con niveles elevados de pobreza, con el sufrimiento y el descontento social que esto acarrea. El país tiene la necesidad urgente de crear más fuentes de empleo formal y de fomentar oportunidades de desarrollo, lo cual no se puede conseguir sin estabilidad, sin inversión en infraestructura y educación y sin políticas públicas encaminadas a la competitividad de la economía y al desarrollo social. El reto económico-social también debe combatirse y es prioridad nacional.

A inicios de este siglo, el componente internacional fue parte de la receta de progreso en seguridad y desarrollo para Colombia. Pese a todas sus limitaciones y oportunidades de mejora, la diplomacia colombiana fortaleció alianzas para beneficio del país, facilitó recursos de cooperación internacional y abrió nuevos mercados a través de acuerdos comerciales que contribuyeron con la modernización de la economía nacional. En esta ocasión, que de nuevo necesitamos de resultados en estos dos frentes cruciales, el eslabón internacional también debe ponerse al servicio de las prioridades del país y ser un instrumento para ellas.

Actualmente no nos encontramos en el mejor momento en las relaciones de Colombia con el mundo. Por cuenta de nombramientos cuestionables, interferencias de funciones y falta de claridad estratégica, nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores ha bajado su perfil como institución profesional gestora de nuestra diplomacia. Los canales de comunicación pública de algunos de nuestros líderes políticos se han usado de forma errática, más preocupados a veces por avivar bases políticas internas que por cuidar nuestras relaciones exteriores. Los recursos de cooperación internacional a los que el país estaba acostumbrado se han reducido considerablemente. Las relaciones comerciales y diplomáticas con otros países de la región se han fracturado y los procesos de integración latinoamericana se han estancado. Y la relación bilateral con los Estados Unidos ―nuestro principal socio comercial e históricamente el principal origen de recursos de cooperación para el país― está pasando por un periodo de suma tensión que no se vivía desde hace más de un siglo. Para citar solo unos cuantos frentes.

Más complejo aún, hoy nos encontramos en una nueva realidad geopolítica más exigente, muy diferente a la del pasado. Las instituciones multilaterales y el derecho internacional que le dieron estabilidad al sistema internacional de la posguerra están siendo sometidas a unas presiones sin precedentes. Las principales potencias nucleares están en medio de una competencia geoestratégica cada vez más abierta. Las democracias liberales se están debilitando en sus países tradicionales y retrocediendo en otras geografías. El libre comercio, que ha sido y sigue siendo un pilar de crecimiento y desarrollo en el planeta, está perdiendo adeptos y generando nuevas inquietudes. La guerra de Ucrania ya ha llegado a una mayor duración que la Primera Guerra Mundial; tensiones sin precedentes en el seno de la OTAN; nueva guerra en Oriente Medio…

Estamos ante un proceso de reconfiguración del orden mundial en el que muchas seguridades del pasado se han perdido, lo que exige una política exterior todavía más alerta, creativa, disciplinada y prudente que antes, en medio de los nuevos riesgos existentes. Cualquiera sea el nuevo gobierno que se posesione el 7 de agosto, este será el escenario que deberá sortear y lo debe asumir con suma responsabilidad para que el país reencauce su rumbo.

¿Cómo debería ser la política exterior de Colombia?

Necesitamos, antes que nada, de una política exterior responsable, que se conciba y se ejerza desde la consciencia de que, también en ella, está en juego la viabilidad del país. Debe ser una política exterior despierta, alerta del entorno y de sus tendencias y de nuestras características internas y necesidades. Debe ser una política exterior competente, capaz de interactuar con altura y de ejecutar con profesionalismo. Debe ser una política exterior activa y proactiva, alejada de timideces y complejos, que le permitan al país posicionarse en el escenario e influir en el mismo. Debe ser una política exterior pragmática, que se inspire en nuestros valores institucionales y en nuestra historia, pero que mantenga, de manera permanente, la habilidad de adaptarse y de leer el arte de lo posible en cada momento histórico. Debe ser una política exterior confiable, que incite respeto, credibilidad y predictibilidad en nuestros socios y aliados, que los atraiga en vez de repelerlos. Por último, debe ser una política exterior concentrada en el interés nacional, entendiéndolo ―cómo no― como contribuir a resolver las fragilidades internas del país, aportar al bienestar de los colombianos y apoyar la estabilidad y el bienestar del planeta.

Hacia esa dirección se dirigirán nuestras reflexiones de esta serie. Continuaremos con la relación bilateral de Colombia con los Estados Unidos en la entrega de la próxima semana.

(Imagen: Casa de Nariño)

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