¿Estamos blindados ante la próxima pandemia?


Protejamos las instituciones internacionales técnicas.

En la entrega anterior reconocimos la importancia del sistema multilateral para un país como Colombia. En esta entrega vamos a reconocer los beneficios de este sistema en áreas puntuales de las políticas públicas y de manera específica en el área de la salud.

 

Las enfermedades no distinguen nacionalidades, credos, etnicidad ni ideologías. Las enfermedades tampoco distinguen fronteras políticas. Son una de las manifestaciones más evidentes de la condición humana. Ahora bien, cuando la humanidad lucha contra ellas de forma colaborativa y coordinada, los resultados son mejores. Y si esto es cierto para la diabetes o el cáncer, es todavía más cierto para enfermedades contagiosas como el VIH o el ébola, en las que la falta de una respuesta coordinada de parte de las autoridades públicas puede ser fatal para miles o hasta millones de personas.

Los brotes de cólera acabaron con miles de vidas en el siglo XIX y se esparcieron por el mundo a través del comercio marítimo, demostrándole a los gobiernos de todos los países que era necesario trabajar juntos para encontrar soluciones. La tristemente célebre Gripe Española de 1918 causó más de 20 millones de muertes y convenció a los líderes políticos de que la salud no podía quedarse únicamente en el dominio de lo privado, sino que requería atención pública permanente y sistemática desde el alto gobierno. Más cerca de nuestro tiempo presente, la pandemia del Covid-19 del 2020 causó más de 7 millones de muertes y condujo la economía mundial a una parálisis, mostrándonos lo especialmente vulnerables que nos encontramos como sociedad en un planeta tan interconectado como el actual.

Por eso tienen sentido las respuestas multilaterales a los retos de la salud. Al trabajo pionero de las conferencias sanitarias internacionales desde mediados del siglo XIX le siguió la creación de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en 1902 y de la Oficina Internacional de Higiene Pública en 1907. Por último, en la posguerra, bajo el sistema de Naciones Unidas, se creó la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1948, que se propuso el ambicioso mandato de lograr el más alto nivel posible de salud para todos los pueblos del mundo.

Con todas las críticas que puedan hacérsele, lo cierto es que la OMS en sus casi 80 años de existencia ha realizado un trabajo formidable y es apenas natural que los profesionales de la salud de todo el mundo la consideren una institución de gran autoridad. Entre sus logros se pueden mencionar hitos como el establecimiento del primer servicio global de rastreo de enfermedades en los 40, los programas de inmunización a partir de los 70, la erradicación oficial de la viruela en 1980, la erradicación casi total de la polio o los esfuerzos coordinados para controlar el consumo de tabaco, como ejemplo de algunas de sus múltiples áreas de acción. La OMS es considerada por muchos internacionalistas como la organización más efectiva del sistema de Naciones Unidas por el alto impacto de sus acciones en relación con un presupuesto relativamente pequeño y por los efectos palpables de sus iniciativas en el bienestar de la población.

Sin embargo, y aunque esto era menos conocido antes de la última pandemia, el funcionamiento de la OMS ha albergado muchas dificultades. Rivalidades geopolíticas disputándose influencia; confrontaciones profesionales entre quienes le dan una interpretación maximalista a su misionalidad y quienes le dan una interpretación minimalista; retos de coordinación entre las subestructuras regionales como la OPS y la estructura central en Ginebra; demasiada dependencia de la colaboración de los gobiernos de los países miembros para el monitoreo epidemiológico; financiación escasa y volátil, y bajo constante presión, que le resta margen de maniobra a la institución; y reciente percepción de burocracia excesiva y pasividad en su liderazgo.

En lo que tiene que ver con pandemias, la tarea de la OMS puede ser muy ingrata: controlar una pandemia implica restricciones de vuelos y cuarentenas. Esto genera pérdidas económicas para muchas empresas e incomodidades para miles de ciudadanos y esto se traslada en presión política contra la organización. En la pandemia de la gripe H1N1 de 2009, o gripe porcina, la OMS fue proactiva y se le acusó de exceso. La institución se volvió más cauta y esto no fue nada bueno cuando tuvimos que enfrentar la pandemia del Covid-19 una década después. Esto quiere decir que para responder correctamente ante una pandemia no sólo necesitamos una institucionalidad vigilante y proactiva haciendo las cosas bien; también necesitamos del sector privado, ciudadanía y líderes políticos conscientes y colaborativos dispuestos a seguir recomendaciones técnicas cuando aumentan los riesgos.

En los últimos 7 años la OMS ha tenido que enfrentar las dos mayores crisis de su historia. La primera fue las grandes críticas recibidas por la lentitud y la insuficiencia de la respuesta frente al Covid-19. No se tuvo una respuesta coordinada global más temprana, lo que habría salvado muchas más vidas. La segunda, los recientes retiros de Estados Unidos y de Argentina ―y las críticas de muchos otros países como Arabia Saudita y Hungría― que acusan a la organización de inutilidad, despilfarro y politización. Esta última es un reto especialmente serio porque las contribuciones de Estados Unidos representaban alrededor de un 20% de la financiación total de la organización, debilitando su funcionamiento más básico.

Lo que hay que rescatar de estos episodios, sin embargo, es que no han puesto en peligro la continuidad de la OMS, sino que han servido para demostrar la resiliencia de la organización, obligándola a repensarse, a adaptarse, convirtiéndose en motores de cambio que le permitan responder mejor a los desafíos en el futuro.

En efecto, la crisis del Covid-19 ha conducido en los últimos años a una serie de reformas e innovaciones acompañados por el G20 y por el Banco Mundial que le permiten al sistema internacional reaccionar de manera más robusta ante la próxima pandemia. Se creó el Fondo Pandémico para fortalecer la prevención, preparación y respuesta ante epidemias y se destinaron recursos para el fortalecimiento de sistemas nacionales de vigilancia epidemiológica en países del Sur Global. Se negoció y se adoptó, en mayo de 2025, el “Acuerdo sobre Pandemias”, con mecanismos de notificaciones tempranas y de intercambio de información para facilitar respuestas coordinadas. Y, muy importante, se consiguió que las contribuciones obligatorias de los estados miembros aumentaran del 20 al 50% de la financiación total de la organización, fortaleciendo su independencia y autonomía funcional. Tal vez estas acciones son todavía insuficientes, pero están bien encaminadas.

Asimismo, el retiro de Estados Unidos de la OMS se ha contrarrestado parcialmente con financiación adicional de Europa y de China y ha cedido un espacio en el que otros países como, India, Brasil, Sudáfrica, entre otros, están fortaleciendo sus liderazgos. Por supuesto que el retiro de cualquier país miembro es un duro golpe a la organización, a su financiación y a su legitimidad. Sin embargo, la salida temporal del principal financiador, en vez de estar derrotando a la organización, lo que está haciendo es permitir que el sistema multilateral de salud haga una demostración de adaptación y de resiliencia, redefiniendo prioridades y creando condiciones políticas que aceleren sus procesos necesarios de reformas.

En este contexto de cambios, ¿cuál debería ser la postura de Colombia?

Antes que nada, nuestro país no puede dudar de la importancia del sistema multilateral en materia de salud y de que sus beneficios para todos nosotros como ciudadanos son muy superiores a los esfuerzos de cofinanciación que nuestro gobierno debe hacer. Hacer parte del sistema es ayudar a brindar soluciones para los más necesitados tanto en nuestro país como en todo el mundo y es blindarnos en la gestión de riesgos ante episodios epidémicos que nos puedan afectar. Colombia debe sensibilizar a toda su ciudadanía sobre el valor de este tipo de instituciones técnicas que le sirven a toda la humanidad.

Adicionalmente, Colombia debe mantener y fortalecer su tradición de respaldo a la OMS y de participación constructiva en la organización. Es más fácil tener influencia desde dentro de la organización que desde fuera. Y ser un país mediano y emergente no nos impide ejercer liderazgo en esta institución a través de una buena representación diplomática. Muchos países pequeños no participan de estos esfuerzos diplomáticos, no porque sean excluidos de las conversaciones por países más poderosos sino, muchas veces, simplemente porque no hacen suficiente presencia en ellas a través de sus funcionarios, ya sea por indiferencia o desinterés de sus líderes políticos, o ya sea por consideraciones presupuestarias. Ese no debe ser el caso de Colombia frente a desafíos tan trascendentales. Debemos sumarnos a alianzas que fortalezcan el sistema multilateral de salud y entablar diálogo constructivo con todos nuestros socios sobre su importancia. De la misma forma, participar también significa estar presentes en los esfuerzos de vigilancia y monitoreo de la organización, realizando control financiero, decidiendo conjuntamente sobre sus prioridades estratégicas y ayudando a impulsar las reformas más adecuadas.

La fórmula es simple: ante desafíos comunes, conviene que aportemos a las soluciones colectivas.

 

En la próxima entrega vamos a echar un vistazo sobre las responsabilidades que tiene el gobierno colombiano con el país en materia de diplomacia comercial.

(Imagen: Asamblea Mundial de la Salud 2026, OMS)

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La política exterior que necesita Colombia

León XIV y el mundo

La relación Colombia-Estados Unidos