Colombia y el sistema multilateral


Menospreciar la arquitectura institucional internacional no nos hace ningún favor.

En la entrega anterior analizamos la importancia de las relaciones de Colombia con el continente Europeo. En esta entrega recordaremos el valor del sistema multilateral para el país.

 

No olvidemos que el sistema multilateral contemporáneo, heredado de 1945, se construyó como un antídoto para evitar una catástrofe de grandes proporciones. Y, a pesar de sus no pocas frustraciones, en sus 81 años de avances puede decirse que al menos esa meta original de evitar una guerra de grandes proporciones hasta ahora se ha cumplido.

Cuando terminó en 1919 la Primera Guerra Mundial le había costado al mundo más de 20 millones de muertes, el equivalente a la población actual de Chile. En ese entonces la humanidad quiso que no se repitiera una calamidad semejante y no pudo. La Segunda Guerra Mundial, 2 décadas después, había cobrado más de 60 millones de vidas, el equivalente a toda la población de Francia hoy.

La Carta de las Naciones Unidas que se firmó en la Conferencia de San Francisco de 1945 ―de la que Colombia es cofundador― surgió de firmes convicciones. La capacidad de destrucción que las nuevas tecnologías le permiten a la guerra la hacían más desaconsejable y más ruinosa que nunca; los estados necesitan de estructuras e instituciones que faciliten el diálogo para dirimir diferencias y la cooperación para causas comunes; y el mundo imperialista que legitima la conquista territorial le debe dar paso al respeto de la soberanía de las naciones si se quiere aspirar a la estabilidad del sistema internacional. Estas convicciones de entonces continúan hoy más vigentes que nunca y la Carta de la ONU es una piedra angular del derecho internacional.

Las Naciones Unidas son una institución híbrida. Por un lado, es de aspiración universal, en la que cada estado cuenta con voz y voto en la Asamblea General. Por el otro lado, es de vocación pragmática, que le da a los estados más poderos facultades especiales en el Consejo de Seguridad, que constituyen incentivos para que no abandonen el sistema. A partir de las metas conjuntas de la seguridad y el desarrollo ―o, formuladas de otra forma, la búsqueda de la paz y la prosperidad de todos― el sistema multilateral se ha desplegado en un ramillete de agencias e instituciones que cubren casi cada área de la ciencia y de las políticas públicas, desde lo meteorológico y lo epidemiológico a lo macroeconómico y lo nuclear, pasando por la equidad de género, el cuidado de la infancia o la propiedad intelectual, por mencionar sólo algunos. Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y su Agenda 2030 y el trabajo mancomunado de múltiples actores por estas metas es una de las mayores expresiones actuales de la amplitud e impacto de este sistema multilateral.

Pero, a pesar de la vigencia de las razones de su creación, la ONU es una institución imperfecta y no está exenta de fuertes críticas. El derecho a veto de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad es muchas veces frustrante. En este Consejo falta una representación que refleje mejor la verdadera distribución demográfica y de poder en el mundo, con un lugar especial para países como India, Brasil, Nigeria, Japón o Alemania. Hay cuestionamientos serios sobre la inefectividad de parte de su estructura burocrática y la ineficiencia en la asignación de recursos. Más importante todavía, la ONU se ha demostrado incapaz de prevenir y resolver conflictos, lo que atraviesa el corazón de su razón de ser. Genocidio de Ruanda, invasión a Iraq, conflicto en el sur de Líbano, guerra civil siria, guerra de Ucrania, guerra de Gaza, guerra de Irán… son numerosos los ejemplos en los que las Naciones Unidas quedan relegadas como actor marginal y no se consigue el liderazgo, la mediación y el diálogo que evite el camino de las armas.

Con todo, las metas que persigue el sistema multilateral son sumamente extensas y complejas. Sus fracasos se derivan muchas veces de que sus países miembros todavía no han provisto al sistema de mayores herramientas de actuación. Y sus faltas e ineficiencias tampoco son razón para que lo derrumbemos y desistamos de sus servicios. La tarea debería ser la opuesta: fortalecerlo y mejorarlo.

Las críticas ruidosas sobre los gastos excesivos e ineficiencia nos suelen desviar la atención de un tema crucial: la carga financiera que representa la ONU es muy pequeña para el planeta en comparación con los servicios que esta organización le reporta a la humanidad. Sus más de 3 mil millones de dólares de presupuesto anual parecen una cifra grande sólo si la leemos en valores absolutos y no la analizamos. En realidad, si tenemos en cuenta a toda la población mundial, este valor equivale apenas a 40 centavos de dólar por persona por año, o sea, unos 1.500 pesos colombianos, una ganga. O sea, sale más caro comprar una bebida gaseosa o pagar un pasaje de bus interurbano que financiar a la ONU. Algo parecido pasa con los ‘cascos azules’. El presupuesto de las operaciones de paz de la ONU representa apenas el 0.3% de todo el gasto militar anual del mundo. De hecho, si sumamos las operaciones de paz al presupuesto anual de la ONU, la cifra total con la que estamos financiando este esfuerzo mancomunado multinacional que representa el corazón del sistema multilateral es de 1.25 dólares por persona por año. Esto quiere decir que es más caro comprar un paquete de papas fritas por persona que la financiación de estos esfuerzos.

Para un país mediano, de renta media y de vocación pacífica como Colombia, la arquitectura del sistema multilateral está bastante alineada con nuestro interés nacional. A Colombia le interesa que el sistema multilateral prospere. De hecho, derivado de nuestras características socio-económicas como país y del conflicto interno, nos podemos considerar beneficiarios netos del sistema de Naciones Unidas, y, de hecho, la actividad del sistema en el país es febril. Recibimos el apoyo de la Misión de Verificación aprobada por el Consejo de Seguridad en 2016 para la implementación del proceso de paz; recibimos acompañamiento de la agencia de refugiados (ACNUR) y de la Organización Internacional para las Migraciones para la atención del desplazamiento interno y de la migración entrante en el país; tenemos asignación de recursos del Programa Mundial de Alimentos; recibimos seguimiento en materia de Derechos Humanos desde la Oficina del Alto Comisionado en esta materia; programas para la infancia colombiana desde UNICEF; acompañamiento normativo para la equidad de género desde ONU Mujeres, asistencia técnica y financiamiento del Banco Mundial y del Fondo Monetaria Internacional para proyectos de desarrollo y para la estabilidad macroeconómica. Esta es una muestra pequeña, que la lista completa no cabe aquí. Una tarea que tenemos como ciudadanos es conocer más y valorar más estos esfuerzos.

Debemos sensibilizar tanto a la ciudadanía como a los líderes políticos sobre la importancia del sistema multilateral. Los llamados a retirarnos de la ONU y de otros organismos multilaterales o a desfinanciarlos y boicotearlos no son la mejor alternativa que tenemos. Descartemos esas ideas radicales. Si debilitamos el sistema multilateral podemos regresar a la ley de la selva del imperialismo del siglo XIX y esto no le conviene a nadie.

Más bien, lo que debemos hacer es aportar nuestro grano de arena en el fortalecimiento de las instituciones multilaterales, aportando recursos, propuestas, ideas y diplomacia, sin ser tímidos en la demostración de respaldo real y simbólico, en público y en privado, por estas organizaciones. De la misma manera, debemos sumarnos a las coaliciones internacionales que propongan reformas que las ayuden a funcionar mejor, aprovechando las críticas bien fundadas para impulsar cambios constructivos.

El sistema multilateral lo deberíamos entender como irremplazable. Si no existiera, lo tendríamos que inventar. Tenemos la misión de respaldarlo y de seguir perfeccionándolo.

 

Habiendo visto este pequeño panorama general sobre el sistema multilateral, en la próxima entrega vamos a detenernos en el caso de la dimensión multilateral del área de la salud, cuya importancia nos quedó clara a todos durante la última pandemia.

(Imagen: Cancillería)

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