¿Cómo interpretar el resultado electoral en Colombia?


La efectividad de la democracia radica en la alternancia de poder.

Cuando la gestión de un gobierno deja inconformes a la mayoría de un país, los electores depositan sus esperanzas para el futuro en una alternativa de cambio. El que los colombianos eligieran a Abelardo de la Espriella como el nuevo presidente de la República contra la alternativa de continuismo del Pacto Histórico se explica, en fin último, por este sencillo pero fundamental mecanismo político de movimiento pendular.

Al gobierno Petro puede reconocérsele aciertos como su agenda social, su preocupación por la pobreza y la desigualdad del país, su anhelo de proteger y empoderar a grupos minoritarios, su conformidad con la implementación del acuerdo de paz de 2016, su respaldo al multilateralismo o su intención de afianzar cooperación diplomática con socios no tradicionales, para citar algunos. Además, la presidencia de Petro contribuyó a la consolidación de la izquierda en Colombia como alternativa de poder y como fuerza parlamentaria de peso propio con capacidad de ejercer oposición en el próximo cuatrienio.

Pero los votantes concluyeron que los aciertos no compensaban los desaciertos. El país acaba de cerrar un ciclo de gobierno muy difícil en el que rápidamente pasamos de la moderación y el espíritu incluyente de los primeros meses a la radicalización de las agendas y a los discursos divisivos que infunden odios y que exacerban la ya gran polarización que existe en el país.

El gobierno Petro entrega un país con el sistema de salud en profunda crisis, con un hueco fiscal histórico, con una sociedad agotada de choques interinstitucionales permanentes y con un retroceso de una década en materia de seguridad. La Colombia que acaba de votar por una propuesta de mano dura contra los grupos al margen de la ley es la misma Colombia que, de acuerdo con el Instituto australiano para la Economía y la Paz, acaba de volver el año pasado al top 10 del Índice Global del Terrorismo. Los errores cometidos bajo la política de Paz Total ―que no dio frutos― fueron co-artífices de que todos los grupos ilegales del país, sin excepción, hayan aumentado su pie de fuerza en los últimos 4 años, con afectaciones enormes a la población civil.

En el plano externo, este legado incluye una relación bilateral con Estados Unidos maltratada y una política exterior hacia América Latina que no superó las líneas ideológicas y que, por ello, no nos dejó avances significativos en materia de integración regional.

Pero tal vez el desacierto más grande fue la injerencia de Petro en el proceso electoral, como no había sucedido en memoria reciente con un presidente en ejercicio, y su obstinación en rechazar los resultados de la primera y la segunda vuelta, poniendo en duda el trabajo de la Registraduría, en un sistema electoral que ha sido celebrado internacionalmente por su velocidad y transparencia y que fue el que lo llevó a él mismo a la presidencia hace 4 años. Este ejemplo no debe seguirse por ningún futuro presidente de Colombia si la salud de nuestra democracia nos importa. Debemos fortalecer una cultura política en la que se respeten las reglas de juego y las instituciones.

Las razones de la derrota de Iván Cepeda hay que encontrarlas en las decisiones que tomaron él y su campaña. Cepeda no mostró suficiente apertura de diálogo y concertación con otros movimientos políticos, no despejó dudas sobre el plan divisivo de realizar reformas constitucionales mayores, ni quiso demostrar más claramente que su proyecto de gobierno sí comulgaba con la iniciativa privada, que veía importante su fomento y que la entendía como un ingrediente indispensable para el progreso del país.

De la misma forma, Cepeda no quiso desmarcarse de las equivocaciones del gobierno Petro, no cuestionó públicamente los errores de seguridad cometidos en el marco de la Paz Total, ni sus escándalos de corrupción, ni los nombramientos cuestionables, ni el estilo caótico, improvisado y divisivo de su gestión, ni sus acciones desestabilizantes del sistema de contrapesos de la Constitución del 91. Por no haber dado señales menos confusas, imaginar que Cepeda podía gobernar distinto que Petro era una mera especulación y miles de votantes afines a muchas de sus propuestas no quisieron correr ese riesgo.

En ese contexto, la dupla de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo ofrecieron a los votantes claridad absoluta de preocupación prioritaria por la seguridad, experiencia y conocimiento del Estado para una gestión más responsable, y la complementariedad y capacidad de trabajo en equipo que no mostró la candidatura de Valencia y Oviedo en la primera vuelta, todo en medio de una estrategia de campaña sumamente eficaz que entendió el poder de la simplicidad y el lenguaje de las redes sociales para la viralización de contenidos y de símbolos. El voto de confianza que acaban de recibir del electorado les da una oportunidad incuestionable para darle un viraje al gobierno y oxigenar la política nacional.

Pero haber triunfado con menos del 1% de diferencia de votos contra sus contrincantes ―el margen más cerrado de la historia reciente del país― significa que el nuevo presidente no recibió de los votantes un cheque en blanco. Los colombianos optaron por un cambio de gobierno, pero no pretenden un viraje extremo. Los colombianos quisieron un mayor énfasis en la seguridad y un gobierno nacional administrado con más profesionalismo, pero no el abandono de la sensibilidad social y la búsqueda de mejorar las condiciones de los más necesitados.

A este país dividido, sometido a los temores y rencores de una campaña ruda desde todos los bandos, le conviene un gobierno cauto, moderado e inclusivo en el que sanemos heridas, deliberemos desde el respeto, construyamos consensos cada vez que se pueda y recuperemos la confianza. La combatividad de la campaña puede perfectamente dar paso a la mesura propia de las responsabilidades de la jefatura del Estado. Más allá de un simple cambio de orientaciones políticas, un cambio de estilo como ese es lo que haría la verdadera diferencia frente a lo que nos tuvimos que acostumbrar los colombianos en el gobierno saliente.

Por último, tal vez la mejor noticia de estas elecciones, y que todos deberíamos estar destacando, fue que el país logró la mayor participación de votantes de toda la historia en la segunda vuelta de una elección presidencial. El fortalecimiento de la democracia en Colombia no es una tarea únicamente del alto gobierno sino de toda la sociedad. En la medida en que los ciudadanos nos mantengamos atentos, activos, exigentes y vigilantes de lo político y de las instituciones es como construimos una cultura política robusta y cuidamos nuestra democracia. La ciudadanía activa es el contrapeso definitivo de cualquier democracia; su dinamismo y su supervisión crítica terminan contribuyendo al buen gobierno. Por ende, que estas elecciones hayan aumentado la participación política en un país tradicionalmente apático es un desarrollo muy positivo. Colombia puede aprovechar este momento de activación política, sumándosele esfuerzos dirigidos desde diversos sectores, para que el país pueda seguir construyendo una democracia más sólida, ya mismo, en el corto y mediano plazo.

Deseémosle éxito al nuevo gobierno en la consolidación de un país más próspero e incluyente. Desde este blog, en la serie en curso, seguiremos aportando reflexiones e ideas para la construcción de la política exterior que necesita Colombia.

(Imagen: El Espectador)

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