La relación Colombia-América Latina
Lo que está más cerca es a veces lo que más se ignora.
En la entrega
anterior recordamos que la relación bilateral con Estados Unidos es clave y
que debemos cultivarla incluso en la presencia de divergencias. En esta entrega
le daremos una mirada a nuestra propia región, llegando a conclusiones muy
similares.
Promover unas buenas relaciones con toda América Latina y el
Caribe es fundamental para Colombia. Esto le provee seguridad a sus fronteras, promueve
estabilidad interna, garantiza oportunidades comerciales y facilita propósitos
comunes a nivel multilateral. Sin embargo, suele ser el caso que, por un lado,
nuestros gobiernos sólo quieren afianzar la cooperación con los países donde
encuentran afinidades políticas e ideológicas y, por el otro, incluso cuando sí
las hay nos falta disciplina técnica para materializar mayores resultados
concretos y sostenibles.
América Latina y el Caribe le representa a Colombia un
mercado de más de 7 billones de dólares y de más de 600 millones de habitantes.
Tomadas en conjunto, el 30% de las exportaciones colombianas se dirigen a
nuestra misma región. Es un espacio geográfico de continuidades lingüísticas y
de historia compartida, donde predominan los regímenes democráticos y donde el
grueso de la población habita en países con pasado colonial ibérico y con
procesos de independencia interconectados y simultáneos. Todos estos factores
afianzan la comunicación, la colaboración y el comercio entre la región. Y, sin
embargo, los niveles de cohesión y de coordinación no son óptimos, ni en el
plano político ni en el económico. Por ejemplo, nuestro comercio intrarregional
se suele posicionar por debajo del 20%. Son cifras bajas cuando se compara con
Europa, donde el comercio interno puede superar el 60%, o frente a la
Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), que logra alcanzar el 25%.
Colombia está muy lejos de aprovechar todo el potencial comercial y de inversión
recíproca que tiene en su propio barrio.
Pero, en materia de integración regional, Colombia no está
haciendo sus deberes básicos ni dándole el mejor ejemplo a sus pares. La
Comunidad Andina de Naciones (CAN) ―compuesta por Colombia, Ecuador, Perú y
Bolivia― ha avanzado con muchas dificultades en el último periodo por
falta de compromiso técnico y por las subyacentes diferencias ideológicas entre
los gobiernos. La reciente guerra comercial entre Colombia y Ecuador es una muestra
de ello. Y la Alianza del Pacífico ―compuesta por México, Colombia, Perú y
Chile―
se ha estancado como mecanismo de integración profunda. Desde que nació en 2011
en la era Santos, tuvo la virtud de avanzar con velocidad en la integración de
mercados entre países que ya habían coincidido en firmar tratados de libre
comercio con Estados Unidos, y la iniciativa fue respaldada tanto por gobiernos
de izquierda como de derecha.
El panorama de 2022 era interesante porque, con la primera coincidencia
de cuatro gobiernos de izquierda en los cuatro países miembros, el bloque podía
avanzar tal vez por vertientes nuevas y creativas que complementaran el acervo existente.
Pero no pasó. A la pérdida de interés del gobierno de López Obrador en México
se le sumó la actitud desafiante de Petro congelando la colaboración con Perú
luego de la caída del gobierno de Pedro Castillo, por su intento de cerrar el Congreso.
La Alianza ha seguido operando en sus acuerdos preexistentes, pero dejó de ser
el bloque de concertación que era antes, se descontinuaron sus cumbres de alto
nivel, no avanzan nuevos planes para la integración profunda ni hay interés de
otros países de unirse. Tampoco ha avanzado la agenda de acercamiento entre la
Alianza y MERCOSUR. Y allí hay un contraste interesante. Mientras las
diferencias ideológicas de Lula y Milei no impidieron la firma del TLC de
MERCOSUR con la Unión Europea, en esta otra esquina de la región hemos mostrado
más dificultades.
Nos mantenemos en la idea de que la integración regional
siempre puede esperar, siempre se puede aplazar. Nos falta más sentido de
urgencia y más apetito por todos los beneficios que nos traería. Los discursos políticos
de hermandad son muy fáciles y los pronunciamos de memoria. Pero cuando se
trata de remar ahí sí no estamos todos. Garantizar la convergencia regulatoria
en todas las áreas es el trabajo duro y donde se tienen que poner todos los
esfuerzos con voluntad de hierro.
En definitiva, este año se cumple el bicentenario del
Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 que convocó Simón Bolívar, que fue la
primera cumbre de alto nivel en la que se discutiera la integración de la
región, y no lo estamos celebrando con ningún hito significativo.
Para promover unas relaciones regionales constructivas que
le cumplan al país es necesario que los canales de cooperación se mantengan
activos incluso cuando hay diferencias ideológicas entre los gobiernos. Las
críticas públicas desproporcionadas a jefes de Estado de otros países no le
hacen ningún favor a la relación, enrarecen la cooperación y exponen a los
intereses comerciales del país.
De la misma forma, para promover una integración regional
seria los gobiernos deben consolidar los marcos que permitan que las economías
por sí solas, la sociedad y el sector privado se integren más allá de los
esfuerzos públicos. La clave no es sólo los desmontes arancelarios, sino la
eliminación de barreras no arancelarias, y la homogenización de estándares y
marcos legales que consoliden un verdadero mercado común para mercancías, servicios,
capitales y personas. Si, digamos, para una empresa barranquillera expandirse
en Arequipa no es más difícil que expandirse en Cali, o un ingeniero bogotano
puede ofrecer sus servicios con la misma facilidad en Medellín o en Santiago, estas
son muestras claras de consolidación de un mercado unificado, en el que son las
empresas y la sociedad las que de manera espontánea terminan completando la
integración regional y promoviendo, en fases posteriores, niveles superiores de
integración política.
Por eso, los discursos grandilocuentes de hermandad y de reivindicación
política aportan poco y a veces pueden terminar creando narrativas contraproducentes
de antagonismos externos equivocados. En cambio, lo que sí aporta, y mucho, son
los laboriosos comités técnicos multisectoriales, que, como sabuesos, completen
la identificación de barreras comerciales y diseñen cronogramas de
armonización. Lo que sí aporta es el compromiso político serio con esos
cronogramas, así con ellos se renuncie a veces a la protección de intereses particulares
en el corto plazo.
La receta es ardua, pero simple, y ha tenido éxito en otros
lados. Disciplina comunicativa para no exacerbar las diferencias ideológicas que
ya existan. Cooperación constructiva en todas las direcciones, poniendo el
beneficio del conjunto de las sociedades por encima de la comodidad de las
afinidades políticas. Y compromiso serio y ambicioso con los avances técnicos,
con la minucia, que conduzca hacia la integración profunda de los mercados.
La integración no se decreta de un día para otro. Más bien, la
tarea de los gobiernos es construir las condiciones para que la integración suceda
por sí sola en el largo plazo como consecuencia del empuje conjunto de todos
los actores económicos y sociales.
A ver si para el tricentenario ya podemos celebrar.
En la próxima entrega vamos a visitar la relación bilateral
de Colombia con la gran potencia en ascenso, China.
(Imagen: sede de la ALADI en Montevideo, Agroempresario)
Comentarios
Publicar un comentario